La máquina del tiempo (H. G. Wells)

Cualquier excusa es buena para hablar sobre un clásico de la ciencia ficción escrito por H. G. Wells. En este caso es la nueva edición por parte de Sportula de La máquina del tiempo, con una nueva traducción de Rodolfo Martínez y un prólogo de Félix J. Palma. Creo que es una buena edición de este clásico. Pero no será esto una reseña convencional de esta edición, favorable o crítica. No, lo que haré será hablar de lo que considero relevante de este clásico del género de la ciencia ficción desde mi punto de vista como físico.

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¿Y qué puede ver un físico en este relato sobre un viajero del tiempo victoriano? Depende de su marco de referencia, pues puede analizar la obra en su contexto literario, con un método y forma determinados, pero sin hacer referencia a los conceptos físicos presentes. Ese tipo de análisis lo efectuaré en este blog con otras obras. Pero aquí quiero adoptar otro enfoque, pues pretendo analizar el desarrollo de conceptos físicos fundamentales. Al hacerlo así se podrá determinar cómo en este caso es algo más que un ejemplo de física en la ciencia ficción, y cómo realmente se trata de una obra de interés para entender la ciencia ficción desde el punto de vista literario sin tener en cuenta para nada la validez de los principios físicos o el enfoque filosófico empleado por el autor.

Para empezar el relato de Wells es el primero en presentar, desde un punto de vista genuinamente científico, una de las temáticas claves de la ciencia ficción: el viaje en el tiempo. No es el primer relato de viajes en el tiempo, pero la mayoría de los anteriores empleaban premisas fantásticas, mágicas, pero no científicas. También es cierto que Enrique Gaspar se anticipó a Wells con una obra de romance científico con viajes en el tiempo, pero no desde la perspectiva científica de Wells.

La clave está en cómo Wells plantea la teoría del viaje en el tiempo, expresado por el viajero a través de las palabras del narrador. Pues considera hace dos afirmaciones. Una que el tiempo es una dimensión más, similar en lo matemático, y quizá en lo físico, a las tres espaciales. Y que el viaje en el tiempo se puede realizar mediante una rotación en el seno de de este espacio-tiempo de cuatro dimensiones. La concepción de Wells resultó ser profética, ya que es compatible con el marco conceptual de la relatividad especial desarrollado por Einstein, Lorentz y Poincaré años más tarde. Hay que hacer notar, incluso, que la geometrización de la relatividad especial fue desarrollada por Minkowski cuatro años después del trabajo fundamental de Einstein.

El hecho de aceptar el tiempo como una dimensión más implica que es posible realizar movimientos en el seno de ese espacio, que implique un desplazamiento temporal, implicando de algún modo algún tipo de transformación, como una rotación. Posiblemente el ejemplo de la rotación fue el que pensó Wells al ser el más sencillo en el contexto de la moderna geometría que se estaba desarrollando a lo largo del siglo XIX. Pero lo cierto es que las transformaciones de sistema de referencia en relatividad especial se representan mediante rotaciones en el espacio-tiempo. Quizá fue una genial intuición de Wells, pero también es muy probable que en realidad estuviese al tanto de ideas como las de Felix Klein, así que no parece tan extraño.

Tampoco lo es que pensase en el tiempo como una cuarta dimensión. En esa época el concepto de cuarta dimensión era muy popular entre científicos y escritores, en el que muchos veían un comodín explicativo para los fenómenos metapsíquicas, o un recurso para dotar de una pátina de positivismo a los relatos de terror sobrenatural. El propio Wells recurrió a la cuarta dimensión como novum de ciencia ficción, y como justificación de la existencia de otros mundos junto al nuestro, en uno de sus mejores relatos cortos, que es La historia de Plattner. Así que lo único que hace en La máquina del tiempo es considerar que esa cuarta dimensión en realidad sea importante. Pero haciéndolo sin realizar ninguna hipótesis sobre cuál podría ser realmente la estructura del espacio-tiempo, como si haría un autor de ciencia ficción hard actual. De hecho, la explicación del funcionamiento de la máquina son unas pocas frases ambiguas. Esa falta de detalles de concreción científica (que por el contrario Wells si añade en mayor medida en algunos de sus relatos cortos) es la clave para entender cómo una sencilla intuición de un autor de ficción pudo resistir a los impredecibles avances de la ciencia.

Por eso el relato de Wells es un clásico, porque en ese sentido ha envejecido muy bien. Y la superación del conocimiento científico del autor no ha implicado la pérdida de la verosimilitud suficiente para que el lector pueda realizar un contrato de ficción con la obra en la que pueda considerar la justificación física del viaje en el tiempo como verosímil. Pero Wells también recurre a otra potente idea clave, la de la muerte térmica.

Uno de los grandes avances en la física del siglo XIX fue el descubrimiento de las leyes termodinámicas, y la explicación de la famosa Segunda Ley como un aumento de la degradación de la energía. Poco después de que Clausius formulase el incremento de la entropía como una propiedad fundamental de un sistema termodinámica cerrado, él mismo y otros autores se plantearon la cuestión de si el Sistema Solar, o el Universo mismo, podrían considerarse como un sistema cerrado. En cuyo caso el aumento constante de la entropía implicaría la perdida de energía útil, hasta llegar un momento en que no pudiese realizarse ningún tipo de trabajo, en que no pudiese haber vida.

El Sol en algún momento habría de enfriarse por completo, y todo el calor del sistema planetario a su alrededor disiparse hasta que la vida fuese imposible en la Tierra cualquier otro planeta del sistema. Y esto podría suceder en todos los sistemas estelares, y en todo el Universo, hasta que éste mismo resultase completamente aburrido y totalmente estéril en lo que se refiere al mantenimiento de la vida. Es lo que se conoce como la Muerte Térmica.

Muchos autores adoptaron esta idea para dar lugar a todo un género dentro del romance científico y la novela fantástica, el de la Tierra moribunda. Todo un antecedente de la moderna ciencia ficción escatólogica. Si bien en La máquina de tiempo Wells no muestra la decadencia de todo el universo, y únicamente lo hace mostrando un pasaje de la Tierra moribunda en un breve pasaje de la historia, lo cierto es que su obra constituye uno de las más hermosas e inquietante visiones de la decadencia del la vida en un futuro distante. Y aunque los avances en cosmología han puesto en duda la concepción original de la Muerte Térmica, es un escenario que sigue ocupando un lugar importante en la escatología física, como uno de los posibles futuros de nuestro universo.

Teniendo todo esto en cuenta, el balance que puedo hacer del relato de Wells desde mi punto de físico es muy bueno. Y sin embargo en su relato apenas encontramos referencias detalladas a la física de su tiempo, salvo las pinceladas que mencionaba anteriormente. Pero precisamente por eso es una obra que ha llevado muy bien el paso del tiempo, y también por eso Wells es uno de los autores más científicos de los orígenes de la moderna ciencia ficción.

Finalmente, quiero agradecer a la editorial Sportula la gentileza del envío de un ejemplar de prensa para su reseña en este blog.

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Una respuesta to “La máquina del tiempo (H. G. Wells)”

  1. El siglo de la relatividad general en la ciencia ficción | Los vórtices sonoros Says:

    […] Es Wells el primero que considera una justificación científica del viaje en el tiempo en su La máquina del tiempo, y lo hace postulando una rotación geométrica en un espacio de cuatro dimensiones, anticipando […]

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